¡TODO!

Los padres de Micaela, una niña del Jardín de Infancia Waldorf, fueron invitados a la celebración del cumpleaños de su hija. Lo que vivieron, les dejó profundamente emocionados e impresionados.

Cuando llegaron a la escuela, a media mañana, lo que notaron de inmediato fueron los suaves y hermosos colores del salón y el acabado en madera natural de las mesas y sillas. También, el aroma de pan horneado que llenaba la habitación. Dos niños les sonrieron y les dijeron con emoción: “¡Hoy es el día del festejo de cumpleaños de Micaela!”

Cuando el grupo estuvo listo, todos en un gran círculo, la festejada fue invitada a sentarse en una silla especial. Luego, fue coronada con una hermosa pieza de lana de fieltro embellecida con flores bordadas. La maestra encendió una vela que estaba colocada en un pequeño taburete y comenzó a contar una historia acerca de la vida de la cumpleañera: hablaba sobre los padres de la niña, de su viaje cósmico para llegar a la Tierra, del nacimiento de la niña y sobre las cosas que iban sucediendo a medida que Micaela crecía. Cuando la narración alcanzó al presente, la maestra le dio a la niña de cumpleaños un obsequio especial, elaborado por ella misma. La clase entera entonces cantó una canción de cumpleaños y Micaela se mostró radiante. Después, los padres fueron invitados para sentarse a la mesa, donde ya estaban colocados los implementos para llevar a cabo el almuerzo: todo había sido dispuesto con la ayuda de del grupo entero y de las maestras y las asistentes, como parte de la labor diaria del grupo.

Cada lugar tenía una servilleta de algodón sostenida por un anillo de servilleta de madera, una cuchara y una taza de cerámica. Los padres de Micaela se impresionaron al ver que verdaderas tazas de cerámica fuesen confiadas a las manos de tantos niños pequeños. También, era notorio el silencioso cuidado que los niños tomaron de todas las cosas sobre la mesa y cómo todos cantaron, agradeciendo los alimentos y a las manos que los prepararon. Un niño llenó cada taza con el té caliente vertido de una jarra. Otro, llevaba las tazas a los diferentes espacios. Había silencio, orden y respeto entre todos los pequeños y los adultos presentes. Entonces, el pan recién horneado salió a escena, en una cesta grande que un niño llevó, alrededor de la mesa, para que cada quien fuese tomando una pieza. Este pan había sido elaborado por cada uno de los niños y ahora se compartía sin discriminar quién había hecho cuál. Circulaban unos platones con mantequilla para que cada niño untara su pan y los padres notaron que en realidad nadie tomaba en cantidades excesivas, sin que un adulto estableciese esta norma. Nadie comenzó a comer hasta que todos tuvieron sus porciones. Hubo entonces alguna charla alrededor de la mesa, pero tranquila, sin gritos ni barullo. Los niños veían de vez en cuando a la niña del cumpleaños y a sus padres para asegurarse de que la estaban pasando bien. Los padres se dieron cuenta de que con una comida en realidad muy ordinaria, experimentaban estar en una fiesta muy especial en honor de su pequeña hija.

Cuando terminaron de comer, los niños y las niñas fueron llevando tazas, cucharas y servilletas al fregadero y a la cesta. Cuatro niños comenzaron a lavar los platos en una tina grande llena de agua jabonosa y a enjuagarlos en otra tina con agua limpia. El tercer y cuarto niños secaron los platos y los pusieron limpios en los estantes, donde tenían un lugar que claramente conocían bien. Otras dos chicas tomaron un paño y limpiaron la mesa. Cuando terminaron, el lugar estaba realmente limpio y ordenado. Las maestras cantaron otra canción, la que fue evidente marcaba el paso a una nueva actividad: todos fueron a jugar con lienzos, bloques, gorras y sombreros, troncos, estructuras de madera para moverse -fabricadas con elementos naturales, notaron los padres de Micaela-, sin plástico, sin colores chocantes, sin caricaturas…

Niños de diversas edades convivían armoniosamente. Los más pequeños buscaban a los mayores para aprender de ellos; los más grandes, se afirmaban ayudando a los de 2 o 3 años… Cuando el espacio de juego libre concluyó, los padres de Micaela fueron invitados a retirarse. La niña los despidió cariñosamente y de inmediato se integró con sus compañeros a la siguiente actividad, a la que nuevamente llamaban las maestras cantando otra canción. De camino a casa, las reflexiones del papá y de la mamá de Micaela eran muchas: “¿Viste todas las cosas que los niños saben hacer? ¿Te fijaste cómo las maestras hablan bajo y pausado a los niños? ¿Notaste cómo todos los niños realmente estaban festejando a Micaela? Era claro que entre los pequeños, todos se apreciaban, lo mismo que a las maestras y asistentes. Todos pudieron escuchar con atención la historia de Micaela. Todos sabían qué hacer con las servilletas, con las tazas, con los platos. Los niños esperaban turno y nadie tomó de más. ¡Y agradecieron antes de comer! Se ayudaron mutuamente para limpiar, junto con las maestras. ¡No hubo pleitos, ni competencias, ni desavenencias!

Era claro que en el Jardín de Infancia había un ritmo sano, social y a la vez muy constructivo en lo individual… Los padres de Micaela seguían compartiendo reflexiones sobre la vivencia: “¡Todo fue increíble! – dijo papá-,  la forma en que las maestras preparan todo el evento y a la vez cómo los niños conocen bien tanto la celebración como el día a día en su salón y en su área verde. Todos participaron y todos lo hacen todos los días!” “¿Te das cuenta, dijo mamá, de lo grande que es eso? ¿Cuántas lecciones de vida hay en la vivencia de los niños? Imagínate al mundo lleno de adultos que aprendieron estas cosas en el Jardín de Infancia. ¡Cómo cambiarían las cosas! ¡Estaríamos llenos de la magia que hoy vivimos con Micaela en su escuela y la bondad, la cooperación y la fuerza de voluntad serían eventos cotidianos! “

Lo cierto es que en la vida de todos los niños hay muchos años por delante para libros y matemáticas y algoritmos y hechos científicos. Sin embargo, son muy pocos –siete, a lo mucho- durante los cuales un pequeño puede practicar la bondad abierta, el compartir, la consideración hacia los demás, los hábitos de hacer las cosas bellas y los hábitos de aprecio por la abundancia recibida en una comida. Si estas vivencias están presentes cuando se llega a adolescente, a adulto, es seguro que se habrán desarrollado habilidades sociales importantes, se ha aprendido a cultivar la quietud interior y a fomentar la inteligencia emocional profunda y el respeto por todo el mundo.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El jardín de infancia Waldorf fomenta no sólo los hábitos de cuidar las cosas físicas, sino fundamentalmente los hábitos del alma, del estado de ánimo, del aprecio, de la gratitud. En nuestro mundo moderno estos hábitos internos toman son cada vez más necesarios, es evidente. ¡Haríamos todo más fácil para la humanidad si todo esto comienza en el Jardín de Infantes!

Traducido y editado desde WaldorfPublications.Org  / julio 08 de 2015


¿ Te ha gustado esta publicación ? Dejanos tus comentarios abajo y compartela

¿QUÉ APRENDEN LOS NIÑOS EN UN JARDÍN DE INFANCIA WALDORF?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Show Buttons
Hide Buttons