El cultivo de la relación entre padres de familia y maestros

El cultivo de la relación entre padres de familia y maestros

Tres pilares de comunidades educativas Waldorf sanasPor Robert Schiappacasse

Juntos, padres y maestros, fundan, desarrollan y sostienen las escuelas Waldorf en todo el mundo. Sin esta relación no tendríamos escuelas Waldorf, así como tampoco tendríamos pedagogía Waldorf, tal y como la conocemos, sin las reflexiones espirituales de la Antroposofía. Durante el siglo XX, se han invertido enormes esfuerzos en establecer centros de formación de maestros para cubrir las crecientes necesidades de las escuelas Waldorf. En los inicios del siglo XXI, la cultura pedagógica de la educación Waldorf está bien arraigada en escuelas y centros de formación de Norteamérica. Si bien no deja de ser constante la necesidad de más maestros, nuestro trabajo pedagógico está firmemente establecido y ha salido de la fase pionera de su desarrollo. Sin embargo, nuestra capacidad para construir vínculos más conscientes y efectivos entre maestros y padres todavía está en la infancia y requiere mucha ayuda y mayor desarrollo. 

Si se quiere que la pedagogía Waldorf eche raíces más firmes en nuestras comunidades, en los años por venir de este siglo, es necesario desarrollar una cultura de asociación (entre padres y maestros) más explícita, de modo que ayude a nuestras escuelas a crecer como comunidades con cuerpo, alma y espíritu. Rudolf Steiner indicó alguna vez que sería una “tragedia si se ignorara el impulso social que es la base de la escuela Waldorf.” 

La manera en que trabajan juntos, padres y maestros, es uno de los fundamentos del impulso social que permite a nuestras escuelas crecer y desarrollarse. ¿Cómo hacer para que la maestría y eficacia que muchos maestros logran para hacer de su salón una comunidad, se cultive y se alcance también en la construcción de una comunidad escolar Waldorf?


El papel esencial de padres y maestros en la creación y el desarrollo de las escuelas Waldorf se puede resumir así: los maestros tienen la responsabilidad de dirigir la encarnación del niño, y los padres tienen la responsabilidad de encarnar la escuela. 

Es evidente que sin un dominio en la enseñanza, es imposible lograr y sostener una comunidad sana en un aula. Si dentro de un salón de clases la enseñanza no es la adecuada, el corazón de la existencia de la escuela se pone en peligro. Asimismo, si la asociación con los padres no es viva y eficaz de una manera en que los padres se experimenten como poseedores de un bien y portadores del desarrollo de la escuela, entonces la vitalidad social y financiera, de hecho, la existencia misma de la escuela está en  peligro. Sin la maestría, participación y apoyo financiero de los padres, la escuela en sí, como hogar de la educación Waldorf, no puede alcanzar la estabilidad y madurez dentro de la comunidad Waldorf, en su sentido más amplio. Juntos, padres y maestros, crean el clima social y el ambiente físico en los que el alma de la escuela se torna visible.

Según mi experiencia, se necesitan dos tipos distintos de talento para desarrollar una cultura sana en el seno de un salón de clases y de una comunidad escolar en su conjunto. Es provechoso reconocer desde el principio que las capacidades y los talentos necesarios para ser eficaces en estas dos distintas esferas son, en gran medida, diametralmente opuestos. 

Rudolf Steiner dio muchas conferencias al final de su vida en las que hizo hincapié en la necesidad de que estas dos corrientes se unieran al final del siglo XX y así contribuir a un impulso espiritual importante para el cultivo del alma en el siglo XXI. Nuestra tarea es despertar a esta polaridad dinámica, que está viva en nuestras comunidades y hacerla culturalmente productiva mediante un vínculo (padres-maestros) más consciente, que reconozca y aprecie las distintas capacidades humanas que crean y encarnan nuestras comunidades escolares Waldorf.

En nuestras comunidades Waldorf podemos ver cómo los maestros trabajan para cultivar una relación sabia con el niño en desarrollo. Buscan traer al salón, en el momento adecuado, las influencias correctas para los niños y así propiciar su sana encarnación. Al mismo tiempo, deben cultivar de manera individual y junto con los colegas una relación cada vez más profunda con los fundamentos espirituales de su trabajo. La preparación, observación, estudio y desarrollo interior son el medio por el que su trabajo con los niños cobra vida y da frutos. Por otro lado, los padres dan los recursos que permiten a nuestras escuelas Waldorf llegar a ser y crecer. Traen, además, una amplia variedad de habilidades y experiencia, necesarias para el desarrollo de la escuela. Sin su participación y experiencia práctica en los negocios, las finanzas, bienes raíces, publicidad, administración, gestión, arquitectura, construcción, recaudación y mucho más, nuestras escuelas no podrían crecer y desarrollarse en el mundo.

Es evidente a primera vista que estas dos corrientes anímicas están trabajando con la finalidad de alcanzar las metas de la educación Waldorf y para construir escuelas Waldorf en todo el mundo. Es también evidente que la relación entre estas dos corrientes anímicas, en nuestras escuelas, no siempre es armoniosa. Las ideas Waldorf no siempre pueden ser abrazadas por los padres, particularmente los recién llegados a la escuela, y el sostén práctico de la educación no se “materializa” sin habilidad y esfuerzo. Sin una visión compartida entre los “maestros-sacerdotes” y los “constructores de las escuelas”, semejante a la que hubo entre Salomón e Hiram, el templo de la educación Waldorf, en forma de escuelas llenas de vida, armónicas y fuertes, no es realizable.

Para que las escuelas Waldorf sean saludables, maestros y padres deben compartir la responsabilidad de crear, nutrir y encarnar la vida y la cultura escolares. A principios del siglo XX, en sus escritos sobre el organismo social tripartita, Rudolf Steiner indicó la nueva dirección que debemos tomar para crear una cultura Waldorf. Sabiamente describió cómo la sociedad humana y las organizaciones necesitan buscar una organización tripartita, que vive como arquetipo en la fisonomía y la forma humanas. El sistema metabólico, el sistema nervioso-sensorial y los sistemas rítmicos de los pulmones y el corazón se interpenetran y colaboran sabiamente entre sí cuando el cuerpo está sano. De manera similar, el orden social que los seres humanos crean en libertad debe reflejar este sabio orden tripartita de cabeza, corazón y extremidades, de modo que sirva al bien común y el todo esté balanceado y saludable. Yo creo que las indicaciones de Steiner dejan en claro que nuestras comunidades deben reunir un carácter basado en la cooperación más que en jerarquías. 

Si identificamos la naturaleza tripartita de nuestras escuelas: 1) ámbito espiritual/cultural, 2) ámbito social e interpersonal y 3) ámbito económico, podemos comenzar a reconocer en términos generales las tres esferas que debemos identificar y cultivar adecuadamente para el bien del conjunto. La siguiente ilustración puede ayudarnos a identificar los “tres pilares de la cultura escolar Waldorf”.

En la cultura escolar Waldorf, nuestra mayor fortaleza, unos cimientos cuyo centro son los maestros, que resulta una ayuda en la creación de la cultura en el seno del salón de clase, puede convertirse en nuestra mayor debilidad cuando intentamos cultivar la salud económica y la estabilidad. Las esferas económicas de nuestras escuelas son frecuentemente obstaculizadas por malos entendidos, como el que sugiere que las escuelas Waldorf son llevadas por los maestros. Es precisamente en el ámbito económico donde un Consejo basado en los padres y en asociación con la junta de maestros, debe asumir la principal responsabilidad y liderazgo. En él, se requiere toda la maestría de los padres para encarnar a la escuela mediante el liderazgo de los más capaces y que forman parte de la comunidad escolar. Estos dos ámbitos están, a veces por necesidad, en desacuerdo uno con otro. En la búsqueda por alcanzar el equilibrio en estos dos pilares externos, es necesario considerar el pilar que se erige entre ellos.

En el centro está el pilar que representa la vida interpersonal o de relaciones de nuestra escuela. Aquí, los “derechos y responsabilidades” de todos los participantes en la vida escolar necesitan ser cuidados y cultivados. En la base de este pilar está la pregunta “Cómo”, indicando que este pilar central cuida la articulación, el cultivo y el mantenimiento de los procesos por los que trabajamos juntos en nuestras escuelas. Éste es el ámbito donde la administración de la escuela está activa. Este pilar  representa “la cultura de reunión” de la escuela, caracterizada por la esforzada búsqueda de la justicia, la igualdad y una participación compartida. La administración y su liderazgo en la escuela pueden incluir tanto a padres como maestros seleccionados por su competencia. Aquí ha de vivir la ética de la inclusión y la cooperación, que demanda transparencia y claridad sobre cómo se llega a acuerdos, cómo se toman decisiones, cómo se abordan los conflictos, cómo se llevan a cabo las decisiones y cómo se cultiva y se mantiene un diálogo de entendimiento entre individuos y al interior de los cuerpos de la escuela. Esta esfera, en su extremo negativo, puede plagarse de inquietud y caos social, causados por chismes y rumores, y por un clima social dominado por simpatías y antipatías, desconfianza y sospecha, generando así coaliciones y facciones. El objetivo adecuado de esta esfera es la cooperación y la asociación.

Al igual que el cuerpo humano trimembrado, nuestras escuelas están sanas cuando se mantiene un equilibrio dinámico entre los tres ámbitos. Cuando uno de los pilares de nuestra escuela Waldorf está débil o domina a los otros, la escuela toda se debilita. Cuanto más empoderadas estén estas tres esferas mediante un liderazgo explícito, competencia, expectativas y procedimientos claros de comunicación, mejor podrán apoyarse las áreas entre sí y menor será la tendencia a la polarización.

El pilar intermedio de nuestras escuelas suele ser pasado por alto y mal entendido. Cuando no está fuerte, la relación entre padres y maestros se ve entorpecida. Una lectura equivocada de los escritos de Rudolf Steiner conduce a una desconfianza histórica en la administración que a su vez origina un punto débil. Los comentarios de Steiner sobre administración están básicamente dirigidos al sistema de educación pública de su época y el control que el Estado tenía sobre dicho sistema. Steiner quería que el proceso educativo estuviera libre del control del estado y que los maestros estuvieran libres de administradores restrictivos, que se entrometían en los asuntos pedagógicos. Quería que los maestros “metieran mano en la administración y en la vida financiera de la escuela…”, no que la controlaran inadecuadamente. El fortalecimiento del pilar intermedio mediante una administración con vocación, y mediante funciones administrativas, responsabilidades y prácticas claramente definidas, puede despertar un espíritu de inclusión y compañerismo al interior de nuestras escuelas. No obstante, alcanzar este clima, mismo que abre las puertas a una mayor participación, implica remontar algunas falsas ideas.

Para empezar, debemos abrirnos a la idea de que el espíritu de la escuela no solo alimenta la vida escolar mediante la Coordinación Pedagógica o la Junta de Maestros, sino que puede estar presente “donde quiera que dos o más personas se reúnan” para trabajar a favor de la comunidad escolar, lo cual puede ocurrir en el salón de clases, en el trabajo del maestro, y en la vida social y de trabajo de la escuela, donde padres y maestros se encuentran activos. Cuando experimentamos cómo trabaja este espíritu en todas las expresiones vitales de la comunidad escolar, nos vemos liberados de cierta atadura mental que puede limitar nuestra habilidad para apreciar de qué manera podemos vincularnos con otros en el trabajo escolar.

En segundo lugar, debemos reconocer que el rasgo que podría señalar a nuestras escuelas como únicas es que son auto-administradas, en vez de ser administradas por los maestros. Esto último implicaría que los maestros de todas las escuelas tienen la experiencia necesaria para dirigir las tres esferas de la escuela, lo cual, generalmente, no es el caso. Por supuesto que es indispensable para el primer pilar de la cultura Waldorf que las escuelas tengan una pedagogía dirigida por los maestros. En palabras de Stockmeyer, un cercano colaborador de Steiner en la primera escuela Waldorf: “El currículo y los procesos internos de la escuela, incluyendo el método de enseñanza, deben ser manejados internamente por los maestros”. Stockmeyer claramente identifica los deseos de Steiner en torno a la participación de los padres cuando dice: “los padres pueden tener acceso a los asuntos administrativos y financieros de la escuela”. Este entendimiento, que coincide con mi propia experiencia en las escuelas Waldorf, acoge a los padres de familia en la asunción de funciones con responsabilidades dentro de la comunidad escolar.

En tercer lugar, en un ambiente de consenso dentro de una escuela Waldorf, administración no significa tomar decisiones por encima de los maestros. Para mejor encarnar el pilar intermedio de nuestras escuelas debemos transformar el habitual miedo a la administración, vista como “control”, en una expectativa de una administración cuyo objetivo es el servicio y el liderazgo servicial (mandar obedeciendo). Si los administrativos comparten las bases espirituales que sostienen el trabajo del maestro, entonces pueden trabajar juntos para desarrollar y mantener acuerdos que den orden y claridad a los procesos de la escuela. Un correcto entendimiento de las tres esferas de la escuela y su trabajo coordinado en beneficio de las metas espirituales y pedagógicas de la educación Waldorf evitará cualquier interferencia con el liderazgo pedagógico de los maestros.

Finalmente, debemos reconocer que el trabajo y el liderazgo administrativos requieren capacidades muy diferentes de las necesarias en el salón de clase. Todos los maestros pueden contribuir, en mayor o menor medida, a la vida administrativa de la escuela, pero cuanto más grande sea una escuela, mayor liderazgo será necesario en este ámbito, en manos de personas con experiencia y capacidades especiales que puedan asumirlo. Dichas capacidades incluyen habilidades de comunicación escrita y verbal, una comprensión de y amor por el proceso o procedimiento esencial para resolver asuntos que salen a la luz, habilidad para establecer buenas relaciones interpersonales, facilitar grupos y resolver conflictos, así como habilidades para facilitar reuniones y para manejar los métodos que conducen al consenso en la toma de decisiones.

Identificar los tres pilares sobre los cuales nuestra cultura Waldorf se desarrolla, nos puede ayudar a movernos de una cultura de voluntariado hacia una cultura de liderazgo en cada una de las tres esferas.  Muy a menudo permitimos que la cultura del consenso de las escuelas Waldorf desactive la iniciativa y el liderazgo en las tres esferas de la escuela. Necesitamos cultivar con mayor conciencia el liderazgo pedagógico, el liderazgo administrativo y el liderazgo dentro del Consejo, identificando a quienes, por sus competencias, pueden asumirlo. Asimismo, debemos dar a estas personas y a los comités, claros mandatos y claras descripciones de funciones, elaborados en función de aquéllos a quienes sirven. El liderazgo vertical (de arriba hacia abajo) de la cultura corporativa no funciona en las escuelas Waldorf, pues éstas requieren un nuevo tipo de liderazgo, basado en capacidades demostradas, confianza en los vínculos, confianza en el diálogo y en el proceso de construir consenso, y en el ideal de liderazgo servicial. Los individuos con estas cualidades que sean identificados y que tengan mandatos claros pueden trabajar a favor de las tres esferas de la escuela al coordinar el trabajo del conjunto. El funcionamiento de la escuela puede ser supervisado en reuniones periódicas, y sus operaciones priorizadas, coordinadas y fomentadas. Cuanto más empoderemos, cultivemos y apoyemos la cultura de liderazgo en las tres esferas de nuestras escuelas, una que incluya con mayor conciencia la asociación padres-maestros que subyace a nuestras escuelas, más podrá trabajar entre nosotros el buen espíritu de la educación Waldorf.

Con la entrada del siglo XXI, se nos presenta una enorme oportunidad en las comunidades educativas Waldorf para encarnar aún más el impulso social de la pedagogía Waldorf, aprendiendo a trabajar juntos en la comunidad adulta de padres de familia y maestros. Los niños y las niñas nos unen para formar comunidades de destino,* que llevarán más allá la encarnación de sus capacidades en germen. Una comprensión más clara de los tres pilares de una comunidad educativa Waldorf, y de la relación padre de familia-maestro en la que descansa su realización, nos puede ayudar a encarnar más conscientemente el impulso social de nuestras comunidades Waldorf en desarrollo.

* Entendidas como las comunidades cuyos miembros colaboran por un destino común.

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