El cambio trascendental del niño: Rubicón

El cambio trascendental del niño: Rubicón

¿A dónde te llevaste, negro viento,

entre las hojas secas de la vida,

aquel nido de paz y sentimiento

que gorjeaba al alba estremecida?

Juan Ramón Jiménez


Por Arturo Cervantes


Primer septenio, una gran síntesis

Las tres habilidades básicas del ser humano las obtenemos hacia los dos a tres años de edad, cuando somos capaces de caminar, hablar y pensar. Estas habilidades, unidas estrechamente a la fuerza de voluntad, impulsan de manera decidida el desarrollo individual del niño, en una espiral ascendente que culmina alrededor de los 21 años de edad. Esta semilla del ser requiere de un campo de cultivo muy especial: el primer septenio, donde el niño se desenvuelve de a poco en una experiencia casi etérea, distante del mundo de los adultos, donde el mundo y él son uno mismo, fundiéndose como si las fronteras individuales no están y donde todo gira alrededor de su propia existencia. Para padres y educadores Waldorf, el concepto “Ambiente de la Quinta”, nos refiere a ese espacio de ensoñación constante en el que los niños del primer septenio debieran vivir el mundo circundante como algo bueno, sin maldad, sin rasgaduras ni sobresaltos, ni mucho menos, intelectualizaciones y conceptualizaciones propias del adulto.

Este Ambiente de la Quinta (concepto extraído de la configuración de la música entatónica) se extiende, no solo a la etapa del Jardín de Infancia, sino en realidad hasta el segundo año de primaria, cuando en las escuelas Waldorf los alumnos van cumpliendo casi los nueve años de edad. Para conservar este entorno saludable al niño, nuestros trabajos educativos están encaminados a un paulatino mostrar del mundo como una extensión de la experiencia personal, dando entrada, de a poco a la separación del propio niño con respecto al entorno. La currícula se mantiene en primero y segundo grados dentro de los límites que el primer septenio nos marca, concluyendo un ciclo de vida e iniciando uno nuevo cuando los niños comienzan a emerger de este espacio anímico de la infancia dorada.

Un poco de historia

El Río Rubicón es un corto afluente del nordeste de Italia, que corre por la provincia de Forlì-Cesena y desemboca en el mar Adriático. Parece que el nombre deriva del color de sus aguas, ya que se trata de una región arcillosa, que las tiñe de color rubí. En épocas del Imperio Romano, era la frontera entre Italia, considerada parte integrante del territorio de Roma, y la provincia de la Galia Cisalpina. El río tenía especial importancia en el derecho romano, porque a ningún general le estaba permitido cruzarlo con su ejército en armas, por lo que después de alguna campaña militar había que dejar el armamento antes de atravesarlo. Así, Roma y su emperador estarían protegidos de una revuleta interna armada.

El río entró en la historia la noche del 11 al 12 de enero del año 49 antes de nuestra era. Julio César –en aquél entonces procónsul en las provincias al norte del Rubicón y organizador de la Guerra de las Galias- se detuvo un instante ante el río en su regreso a la capital del imperio. Él estaba atormentado por las dudas, ya que no estaba de acuerdo con la forma de establecimiento del poder y su impulso era romper con el orden establecido. Cruzar el río significaba cometer una gran ilegalidad, convertirse en enemigo de la República e iniciar la guerra civil; no cruzarlo implicaba su caída en desgracia debido a la presión de sus enemigos en el senado. Julio César decidió desafiar el orden establecido, dando la orden a sus tropas de cruzar armados el río, pronunciando en latín la frase alea iacta est (la suerte está echada), según Suetonio. La historia narra que Julio César cruzó con sus tropas, generó la guerra civil, se instaló en el gobierno de Roma y fundó la época de los Césares. De este evento proviene la expresión waldorfiana de “Cruzar el Rubicón”, que sugiere el hecho de lanzarse irrevocablemente a una empresa de arriesgadas consecuencias, en un símil del rompimiento que lleva a cabo el alma del niño hacia los 9 años y un tercio de edad, buscando la autodefinición y la individuación.

El niño de 9 años y un tercio: un Rubicón individual

Bernard Lievegoed (doctor, siquiatra y autor médico holandés de base antroposófica), señala que el niño entre los 9 a 10 años de edad pasa por una vivencia fuerte de su individualidad como resultado de su desarrollo anímico. En la Pedagogía Waldorf conocemos a este tránsito infantil como “Rubicón”, en clara referencia al cruce del río ordenado por Julio César; la pediatra y médico antroposófica Mikhaela Glöckler, opina que se trata de la crisis más trascendente en la vida de un ser humano. El niño, dice también Lievegoed, vivencia esta etapa como trágica, percibe el paraíso perdido (de la infancia dorada), en el cual se sentía protegido por la familia, los amigos y la escuela; ahora se percibe desprotegido, desnudo ante un mundo que por primera vez encuentra hostil.

En esta etapa, los niños se sienten solos, abandonados, casi abatidos. En esta crisis, llegan en su auxilio las narraciones del Antiguo Testamento, que los educadores Waldorf entregamos diariamente en el tercer grado de primaria. En ellas, el niño escucha y siente sobre la expulsión de Adán y Eva del paraíso, de su llegada a la Tierra y de la separación entre luz y sombra en el ser humano. Por sus maestros sabe que, a pesar de que el paraíso quedó atrás, un arcángel acompaña a los errantes y desvalidos humanos expulsados, ayudándoles en su tarea de conocer el nuevo mundo. En términos de la vivencia del niño, somos los adultos en su derredor quienes constituimos, juntos, el cuerpo del arcángel, que a la vez que le protege, le muestra cómo andar los caminos que recién se abren delante de sus ojos.

Sin embargo, en esta etapa, los niños se tornan críticos con aquellos a quienes más aman (sus padres, sus maestros, sus amigos). Tras los nueve años –señala Rudolf Steiner-, el infante empieza a fijarse en los detalles de los adultos a su derredor, con mirada aguda, pero no en forma sistemática sino integrado en todo el conjunto de preguntas que, en esta etapa, gravitan sobre su alma. Emotivamente –reflexiona Steiner-, el niño se interesa en si el maestro (educador o padre) se mueve con habilidad en la vida; más todavía: si se ubica certeramente en ella, si el adulto sabe lo que quiere… En una palabra, el niño alcanza una delicada intuición del siquismo global del adulto que es su educador. Es entonces que comprender el significado de “educar con el ejemplo” resulta de trascendental importancia si estamos empeñados en un sano desarrollo del niño y su promoción hacia la libertad.

Si bien es cierto que el niño en esta etapa se acerca mucho en lo emocional a sus educadores, también lo es que sus preguntas serán cada vez más profundas, variadas o frecuentes, llegando hasta casi lo irreverente. Y esto, no es tanto por satisfacer su recién reinaugurada curiosidad por conocer el mundo –ahora desde una nueva perspectiva-, sino por tratar de encontrar, detrás de las respuestas que se le den, la postura anímica del adulto, como una búsqueda de modelos a seguir en los años venideros. El niño entre los nueve y los diez años de edad estará de manera constante retando a la paciencia, los conocimientos y la autoridad de los adultos en su derredor para encontrar si ese adulto es digno de confianza, no por sus habilidades o nivel cultural, sino por las respuestas emocionales que transmite. En este sentido, Rudolf Steiner señala que, para la vida futura de los niños, mucho depende de cómo nos comportemos los adultos en esta etapa frente a ellos, “que lleguen a convertirse en adultos inestables o en personas de fuerte arraigo en la realidad vital”. “Muy a menudo depende esto –sentencia Steiner- de que el maestro (el educador, el adulto) haya encontrado en el momento oportuno el suficiente aplomo en cuanto a su actitud frente al educando”.

Si formamos parte del movimiento Waldorf, de una u otra manera, lo anterior significa que nuestra actuación para con los niños surge de una concepción espiritual-anímica del ser humano. Siendo así, entonces podemos encontrar en la etapa del Rubicón infantil una importante y trascendente veta de autoeducación del adulto, donde nuestros valores personales y nuestra actitud frente a la vida pueden –y deben- ser revisados, modificados ytransformados para estar a la altura de los niños que nos han sido encomendados, sea como maestros o sea como padres.


¿Te ha gustado esta publicación?

Escríbenos tus comentarios más abajo, o bién puedes compartirlo en las redes sociales

Esta entrada tiene un comentario

  1. Hola

    Que tiempo has dedicado a tremendo a porte y hay demasiadas cosas
    que no sabia que me has aclarado, esta espectacular..
    te queria devolver el espacio que dedicaste, con unas infinitas gracias,
    por preparar a personas como yo jejeje.

    Besos, saludos

Deja un comentario

Menú de cierre
Show Buttons
Hide Buttons